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El perdón que borra tu pasado

20 de noviembre – El perdón que borra tu pasado

Le pido a Dios que hoy experimentes la paz profunda de saber que, en Cristo, tus pecados pueden ser verdaderamente perdonados.

Hay días en los que el pasado parece seguirnos como una sombra. Recordamos palabras que dijimos, decisiones que tomamos, errores que quisiéramos deshacer. A veces no hace falta que nadie nos acuse; nuestra propia conciencia se encarga de recordarnos lo que hicimos y de susurrarnos que no merecemos el amor de Dios. En esos momentos, el peso de la culpa puede ser abrumador.

Tal vez tú mismo has pensado: “Dios ya no puede perdonarme después de lo que hice” o “he fallado tantas veces que ya no tengo derecho a pedirle perdón otra vez”. Es fácil imaginar a Dios como un juez cansado, con los brazos cruzados, mirando nuestros fracasos con decepción. Sin embargo, la Biblia nos presenta una realidad muy distinta: un Dios que toma la iniciativa, que envía a su Hijo a la cruz para abrirnos un camino de perdón completo.

El mensaje del evangelio no es “esfuérzate más para ver si logras agradar a Dios”, sino “arrepiéntete y cree en lo que Cristo ya hizo por ti”. El perdón no se gana; se recibe. Y cuando entendemos esto, algo comienza a cambiar en lo más profundo de nuestro corazón: dejamos de escondernos y nos atrevemos a correr hacia los brazos del Padre, confiando en la obra perfecta de Jesús en la cruz.

Historia

Alguien me contó la historia de un hombre que cargó con la culpa durante muchos años. De joven, había tomado decisiones que destruyeron su matrimonio, dañaron a sus hijos y rompieron su relación con Dios. Aunque con el tiempo logró “reconstruir” su vida por fuera, por dentro siguió sintiéndose indigno. Iba a la iglesia, escuchaba sermones, cantaba las canciones, pero cada vez que alguien hablaba de santidad o de obediencia, una voz en su mente le decía: “Eso no es para ti, tú sabes lo que hiciste”.

Un día, en una reunión pequeña, alguien leyó en voz alta unos versículos sobre el perdón de Dios y habló del sacrificio de Cristo en la cruz. Explicó que el perdón no es un “descuento” en la culpa, sino una limpieza total basada en la sangre de Jesús. Aquel hombre, que había escuchado esos versículos muchas veces, de pronto se quebró. Comenzó a llorar, no de tristeza solamente, sino de una mezcla de dolor y esperanza. Dijo: “Si lo que estás diciendo es verdad, entonces no tengo que seguir castigándome por algo que Jesús ya cargó en la cruz”.

Esa noche, después de muchos años, oró con sinceridad y arrepentimiento. No intentó justificarse, no presentó excusas, no prometió ser perfecto. Solo confesó su pecado delante de Dios y se aferró a la promesa del perdón en Cristo. A partir de ese momento, el pasado no desapareció mágicamente, pero la culpa empezó a perder fuerza. Comenzó a leer la Biblia con otros ojos, a cantar con un corazón más libre y, poco a poco, a relacionarse con los demás sin el miedo constante de ser “descubierto” o juzgado.

Lo más hermoso es que este hombre descubrió que el mismo Dios al que temía acercarse quería restaurarlo, no solo tolerarlo. Empezó a servir a otros, a acompañar a personas que también se sentían rotas, y repetía con frecuencia una frase que había marcado su vida: “Si Cristo me perdonó por completo, ¿quién soy yo para seguir encadenado a un pasado que Él ya llevó a la cruz?”.

Versículos a meditar

“—Arrepiéntanse y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados —les contestó Pedro—, y recibirán el don del Espíritu Santo.”
(Hechos 2:38, NVI)

“Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad.”
(1 Juan 1:9, NVI)

REFLEXIÓN

En Hechos 2:38, Pedro no suaviza el mensaje ni ofrece un perdón barato. Habla de arrepentimiento, de un giro real del corazón hacia Dios, pero al mismo tiempo presenta una promesa poderosa: “perdón de sus pecados” y “el don del Espíritu Santo”. No se trata solo de borrar una lista de ofensas, sino de comenzar una vida nueva, habitada por la presencia de Dios. El perdón que Cristo ofrece no es un simple “no te preocupes, no fue tan grave”, sino el resultado de su sacrificio en la cruz, donde Él mismo cargó con nuestra culpa.

Cuando Juan escribe: “Si confesamos nuestros pecados…”, nos muestra el camino concreto para experimentar ese perdón: no es esconder, no es aparentar, no es minimizar, sino confesar. Confesar es ponernos de acuerdo con Dios acerca de lo que hicimos; es llamar pecado a lo que Él llama pecado. Pero lo más sorprendente es la respuesta de Dios: fiel y justo para perdonar y limpiar. Fiel, porque cumple su promesa. Justo, porque la culpa ya fue pagada por Cristo. El perdón no se basa en tus méritos, sino en la obra perfecta de Jesús.

Quizás has vivido con la sensación de que tu historia tiene un asterisco: “Dios te ama, pero…”, “Dios te usa, aunque…”. Sin embargo, el evangelio declara que, en Cristo, hay perdón completo para el que se arrepiente. Eso no significa que las consecuencias humanas siempre desaparezcan, pero sí que la condenación delante de Dios es removida. Ya no eres definido por lo que hiciste, sino por lo que Cristo hizo a tu favor. El sacrificio de Jesús no fue simbólico; fue real, suficiente y definitivo.

Hoy, la invitación es a dejar de vivir como si la cruz no fuera suficiente. No tienes que seguir pagando una deuda que ya fue cancelada. No necesitas permanecer atado a una culpa que Cristo ya llevó sobre sus hombros. Puedes acercarte con un corazón sincero, reconocer tus pecados y creer en la promesa: Dios perdona y limpia. Y desde ese lugar de gracia, puedes tomar decisiones nuevas, restaurar relaciones, pedir perdón a otros y aprender a caminar en libertad, no porque seas perfecto, sino porque estás siendo transformado por Aquel que te amó hasta la cruz.

Aplicación diaria

  1. Tómate un tiempo de silencio hoy para identificar con honestidad aquello que todavía te produce culpa delante de Dios. Escríbelo en un papel, sin justificarte, solo reconociendo lo que hay en tu corazón.
  2. Ora usando las palabras de 1 Juan 1:9. Confiesa tus pecados delante del Señor, dile su nombre, reconoce que has fallado y pídele que te limpie. Cree, aunque tus emociones tarden en alinearse, que Él es fiel para perdonarte.
  3. Si es necesario, da un paso práctico de restauración: pide perdón a alguien, corrige una conducta, rompe con un hábito que sabes que no honra a Dios. No para “ganar” el perdón, sino como fruto de haberlo recibido.
  4. Repite durante el día, como un recordatorio de fe: “Mi pasado está en la cruz, mi culpa fue llevada por Cristo, y hoy camino en la gracia de su perdón”. Deja que esta verdad renueve la forma en que te ves a ti mismo.
  5. Piensa en alguien que quizás vive atrapado en la culpa. Ora por esa persona y, si Dios te guía, comparte con ella estos versículos y este mensaje. Puede ser que hoy alguien necesite escuchar que en Cristo todavía hay perdón y esperanza.

Ps. Eudomar Rivera

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