En defensa del ministerio – Enero 16
Le pido a Dios que hoy te conceda claridad para discernir tu llamado y valentía para protegerlo.
Quienes hemos caminado por algún tiempo en el ministerio sabemos que una de las tensiones más constantes no es la falta de cosas por hacer, sino precisamente lo contrario. Siempre hay necesidades urgentes, demandas legítimas y personas que esperan respuestas inmediatas. El ministerio rara vez se mueve a un ritmo calmado; más bien avanza con una sensación permanente de prisa.
En medio de esa realidad, el pastor suele convertirse en una figura multifuncional. Predica, aconseja, organiza, resuelve conflictos, atiende emergencias y, muchas veces, asume tareas que otros podrían realizar. No siempre es por orgullo; muchas veces es por amor, por compromiso o por la simple falta de manos disponibles.
Sin embargo, llega un punto en el que la acumulación de responsabilidades comienza a erosionar el corazón del llamado. Sin darnos cuenta, podemos estar ocupados en cosas buenas mientras descuidamos lo esencial. Y ese descuido, aunque bienintencionado, termina debilitando la salud espiritual del ministerio y de la congregación.
Historia
Alguien me contó de un pastor que, al hacer un balance honesto de su semana, descubrió que había trabajado más de sesenta horas, pero apenas había dedicado tiempo a la oración profunda y al estudio serio de la Palabra. Había asistido a reuniones, resuelto problemas administrativos, coordinado ayudas y atendido innumerables llamadas.
Cuando se sentó a reflexionar, no pudo evitar sentir una sensación de vacío. No estaba cansado solo físicamente; estaba cansado en el alma. Todo lo que hacía era necesario, incluso noble, pero algo fundamental se veía desplazado. Sin darse cuenta, había permitido que lo urgente eclipsara lo importante.
Esa experiencia lo llevó a una decisión difícil pero necesaria: volver a poner límites, delegar con confianza y proteger el centro de su llamado. No porque las otras tareas no importaran, sino porque su fidelidad a Dios dependía de no abandonar aquello para lo cual había sido llamado específicamente.
Versículos a meditar
“Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos y dijeron: ‘No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios para servir a las mesas’.” (Hechos 6:2, NVI)
REFLEXIÓN
Este pasaje nos muestra que los apóstoles no despreciaron el servicio, sino que entendieron con claridad su llamado. Servir las mesas era una tarea digna y necesaria, pero no era la responsabilidad principal que Dios había puesto sobre sus vidas. Su discernimiento espiritual les permitió reconocer que estaban comenzando a ser infieles no por pecado, sino por distracción.
Hay una madurez profunda en saber detenerse, evaluar y decir: “Esto no me corresponde, aunque sea bueno”. El ministerio no se defiende trabajando más, sino trabajando con dirección. Cuando todo parece urgente, resulta imprescindible recordar qué es verdaderamente irremplazable en nuestro llamado.
Dios no nos llama a hacerlo todo, sino a ser fieles en aquello que Él nos confió. Cuando asumimos tareas que otros pueden realizar, corremos el riesgo de descuidar aquellas que nadie más puede hacer por nosotros. La oración y la Palabra no son actividades opcionales del ministerio; son su fundamento.
La iglesia avanza con salud cuando cada miembro sirve desde sus dones, y cuando los líderes protegen su vocación con humildad y disciplina. La actividad constante no siempre es señal de avance espiritual; a veces es evidencia de una pérdida de enfoque que requiere ser corregida con sabiduría.
Aplicación diaria
- Haz un balance honesto de tu tiempo y pregúntate si lo estás invirtiendo en aquello a lo que Dios te llamó.
- Identifica tus dones principales y revisa si los estás usando con intención y enfoque.
- Aprende a delegar con confianza, entendiendo que otros también han sido capacitados por Dios.
- Protege los espacios de oración y de Palabra como una prioridad no negociable.
- Ora y pide al Señor discernimiento para decir “sí” y “no” con fidelidad a tu llamado.
Ps. Eudomar Rivera