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La esperanza del Adviento

1 de diciembre – La esperanza del Adviento

Mensaje del Día

Le pido a Dios que hoy encienda en tu corazón una esperanza fresca mientras comienzas este tiempo de Adviento.

Comenzamos diciembre, y con él llega de nuevo la palabra Adviento, que significa “venida”, “espera”, “anticipación”. Tal vez lo has escuchado muchas veces en la iglesia, pero hoy quiero que la sientas más cerca: como cuando un niño cuenta los días para que llegue un ser querido que está lejos, o cuando miras el calendario esperando una noticia importante. El Adviento es ese tiempo en el que el corazón aprende a esperar en Dios con los ojos abiertos y el alma despierta.

Sin embargo, no siempre es fácil hablar de esperanza cuando lo que vemos a nuestro alrededor son problemas, cuentas por pagar, conflictos familiares o noticias que nos llenan de preocupación. A veces, diciembre nos encuentra cansados, con el corazón apagado y la sensación de que este año no salió como esperábamos. En lugar de luces y canciones, dentro de nosotros puede haber sombras, dudas y silencios que duelen.

Justamente ahí, en medio de ese cansancio interior, es donde el Adviento tiene sentido. No es una temporada para cubrir el dolor con adornos, sino para recordar que Jesús vino como luz en la noche más oscura, y que volverá una vez más para completar todo lo que hoy no entendemos. Mientras esperamos, no estamos solos: Dios camina con nosotros y nos invita a mirar el futuro con la certeza de que su luz sigue encendida, aunque nuestras fuerzas a veces parezcan agotarse.

Historia

Hace algún tiempo leí la historia de una familia que atravesaba uno de los diciembres más difíciles de su vida. El padre había perdido el trabajo, la madre hacía cuentas una y otra vez para ver cómo se ajustaba el dinero, y los hijos escuchaban conversaciones en voz baja en las que aparecían palabras como “renta”, “deuda” y “no alcanza”. Por fuera, en el vecindario, todo estaba lleno de luces y adornos; pero dentro de esa casa la atmósfera era pesada, casi gris.

Un domingo, en la iglesia, les hablaron del Adviento y les dieron una corona con varias velas: una para cada semana previa a Navidad. Cada vela representaba algo: esperanza, paz, gozo y amor. Esa noche, mientras todos estaban sentados alrededor de la mesa casi vacía, uno de los niños preguntó si podían encender la primera vela, la de la esperanza. El padre dudó por un segundo, porque por dentro se sentía derrotado, pero finalmente accedió. Encendieron la vela, apagaron las luces de la casa y, en medio de la oscuridad, esa pequeña llama empezó a iluminar los rostros de todos.

No cambió la situación económica, no llegó un depósito milagroso esa noche, ni desaparecieron las preocupaciones. Pero algo sí comenzó a cambiar dentro de ellos: mientras la vela ardía, la madre empezó a agradecer por las cosas que aún tenían, el padre confesó sus temores delante de Dios y los hijos oraron con sencillez para que Jesús les ayudara a confiar. Aquella pequeña luz no era la solución a todos sus problemas, pero se convirtió en un símbolo de algo mayor: Dios seguía allí, presente, escuchando, sosteniendo.

Con el paso de los días, siguieron encendiendo las otras velas de la corona de Adviento. Aún había dificultades, pero esa familia comenzó a mirar el futuro de otra manera. La luz en la mesa les recordaba la luz de Cristo en medio de su noche, y el hecho de que Él vino una vez al mundo era la garantía de que no los abandonaría ahora. Descubrieron que la esperanza no es negar la realidad, sino aprender a verla con los ojos puestos en Jesús.

Versículos a meditar

“El pueblo que andaba en la oscuridad ha visto una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombra de muerte una luz ha resplandecido.” (Isaías 9:2, NVI)

“Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo.” (Romanos 15:13, NVI)

REFLEXIÓN

El Adviento nos recuerda que la historia de Dios con la humanidad no empezó en un salón iluminado, sino en medio de la oscuridad. Isaías habla de un pueblo que caminaba en la oscuridad, rodeado de amenaza, incertidumbre y miedo. Es allí donde Dios anuncia: “ha visto una gran luz”. La luz no aparece cuando todo está claro, sino precisamente cuando la noche es más densa. De la misma manera, Jesús no vino a un mundo perfecto, sino a un mundo quebrado, herido y necesitado. Y sigue llegando hoy a las áreas de tu vida donde sientes que ya no hay salida.

Romanos 15:13 nos presenta a Dios con un nombre hermoso: “el Dios de la esperanza”. No es solo el Dios del juicio, ni solo el Dios de los milagros visibles; es el Dios que se especializa en levantar corazones cansados, en sostener a los que ya no tienen fuerzas para seguir esperando. Él quiere llenarte de alegría y paz, no porque todo salga perfecto, sino porque crees en Él. Cuando tu confianza se apoya en Cristo, el Espíritu Santo hace algo profundo dentro de ti: que reboses de esperanza, incluso cuando las circunstancias aún no han cambiado.

La esperanza del Adviento no es una ilusión ingenua ni un “todo va a salir bien” vacío. Es la certeza de que Dios ya ha actuado enviando a su Hijo al mundo, de que Dios está actuando ahora mismo en tu historia, aunque no veas todo el cuadro completo, y de que Dios actuará definitivamente cuando Cristo vuelva y ponga fin a toda injusticia, llanto y dolor. Vivimos entre esas dos venidas: recordamos la primera Navidad y miramos hacia la segunda, y en ese “mientras tanto” aprendemos a caminar confiando en que su luz sigue encendida sobre nosotros.

Tal vez este diciembre no trae las respuestas que esperabas, pero sí puede traer un encuentro más profundo con Jesús. La misma luz que alumbró a los pastores en la noche, que guió a los sabios por el camino y que llenó de gozo a María y José, puede iluminar hoy tus decisiones, tus temores, tus preguntas y tus lágrimas. El Adviento te invita a no apagar tu corazón, a no rendirte en la espera, a encender de nuevo la vela de la fe y a decirle al Señor: “Sigo esperando en ti, porque tú eres mi Dios de esperanza”.

Aplicación diaria

  1. Separa hoy unos minutos en silencio y dile al Señor cómo llegas a este Adviento: qué te duele, qué te preocupa, qué te ilusiona. No escondas nada; habla con Él con honestidad, como quien enciende una vela en una habitación oscura.
  2. Elige un lugar visible en tu casa y coloca allí una pequeña vela o luz. Cada vez que la veas, recuerda Isaías 9:2 y repite en tu corazón: “Jesús es mi luz en esta temporada; su presencia alumbra mi oscuridad”, aunque tus emociones aún estén en batalla.
  3. Toma Romanos 15:13 como oración personal. Léelo en voz alta, sustituyendo “los” por “me”: “Que el Dios de la esperanza me llene…”. Repite este versículo durante el día, especialmente cuando sientas ansiedad, y permite que sus palabras te acompañen interiormente.
  4. Piensa en alguien que esté pasando un diciembre difícil: un amigo, un familiar, un vecino. Envíale un mensaje de ánimo, una llamada o una simple frase que refleje la luz de Cristo. A veces, la esperanza crece en nuestro corazón cuando la compartimos con otros.
  5. Esta noche, antes de dormir, agradece a Dios por al menos tres señales de su luz en tu historia: momentos en los que te sostuvo, te abrió una puerta o te dio consuelo. Deja que la memoria de su fidelidad alimente tu esperanza para lo que viene.

Ps. Eudomar Rivera

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