18 de diciembre – La venida de la luz
Le pido a Dios que hoy su luz ilumine cada rincón de tu corazón, aun aquellos lugares que
normalmente prefieres no mirar.
Hay días en los que la oscuridad no siempre se presenta como algo evidente. No llega
necesariamente con tragedias o grandes crisis, sino de manera silenciosa, en forma de
cansancio, desánimo, preocupaciones acumuladas o pensamientos que poco a poco apagan la
esperanza. Seguimos funcionando, cumpliendo responsabilidades, sonriendo cuando hace falta,
pero por dentro algo parece haberse nublado.
El Adviento nos confronta con esa realidad interior. Nos recuerda que la venida de Jesús no
fue solo un acontecimiento histórico, sino una intervención divina en medio de un mundo que
caminaba en tinieblas. Y ese mundo no está solo “allá afuera”; muchas veces también existe
dentro de nosotros, en luchas silenciosas que pocos conocen.
Esperar la luz implica reconocer primero la oscuridad. Implica aceptar que hay áreas de
nuestra vida que necesitan ser iluminadas por Cristo. No para avergonzarnos, sino para
sanarnos, restaurarnos y devolvernos la claridad para seguir caminando con fe y propósito.
Historia
Alguien me contó la historia de un farero que vivía en una costa peligrosa, llena de rocas
ocultas. Cada noche, sin falta, encendía la luz del faro antes de que el sol desapareciera por
completo. No lo hacía porque el mar estuviera siempre agitado, sino precisamente porque sabía
que la oscuridad llegaría inevitablemente.
Una noche, un visitante le preguntó por qué era tan cuidadoso si el mar se veía tranquilo.
El farero respondió con calma: “La luz no se enciende cuando el barco ya chocó, sino antes,
cuando aún hay tiempo de ver el camino”. Aquel hombre entendió que la luz no elimina las
rocas, pero sí evita que los navegantes se destruyan contra ellas.
Así es Cristo en nuestras vidas. Él no siempre elimina de inmediato las dificultades, pero
su luz nos permite ver con claridad, tomar mejores decisiones y no naufragar en medio de la
oscuridad emocional, espiritual o relacional.
Versículos a meditar
“La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido.” (Juan 1:5, NVI)
REFLEXIÓN
Juan no presenta a Jesús simplemente como alguien que trae luz, sino como la luz misma.
Esto significa que la esperanza cristiana no depende de circunstancias favorables, sino de
una Persona viva que irrumpe en medio de la oscuridad. La luz de Cristo no es frágil ni
intermitente; es constante, firme y victoriosa.
Cuando el texto afirma que “las tinieblas no la han vencido”, nos recuerda que la oscuridad
tiene límites. Puede rodear, presionar e incluso intimidar, pero no tiene la capacidad de
apagar lo que proviene de Dios. En Cristo, la luz siempre tiene la última palabra, aun cuando
no lo veamos de inmediato.
Esta verdad transforma la manera en que enfrentamos nuestros momentos difíciles. Ya no
caminamos guiados solo por lo que sentimos, sino por lo que Dios ha declarado. La luz de
Jesús nos permite ver con otros ojos, interpretar la realidad desde la fe y no desde el
temor, y recordar que no estamos solos en el proceso.
Además, recibir la luz implica también reflejarla. Cristo no solo ilumina nuestro camino,
sino que nos convierte en portadores de su luz en un mundo que sigue necesitando esperanza.
Nuestras palabras, actitudes y decisiones se transforman en pequeños destellos que apuntan
a Él, aun en medio de contextos difíciles.
Aplicación diaria
- Reconoce con honestidad qué áreas de tu vida necesitan hoy la luz de Cristo y preséntalas
en oración. - Permite que la Palabra de Dios guíe tus pensamientos cuando la oscuridad quiera dominar
tu ánimo. - Decide actuar desde la fe y no desde el temor, aun cuando no tengas todas las respuestas.
- Sé intencional en reflejar la luz de Cristo a otros mediante palabras de ánimo y gestos
concretos de amor.
Ps. Eudomar Rivera