📅 Mensaje del Día – 10 de febrero
No estás deprimido, estás distraído
Le pido a Dios que hoy te dé claridad para entender lo que estás viviendo y descanso para no cargar solo con lo que pesa demasiado.
Hay momentos en los que te sientes agotado, sin ánimo, irritable o desconectado de todo.
Y rápidamente te dices a ti mismo: “Estoy mal”, “algo anda mal conmigo”, “quizás estoy deprimido”.
Pero muchas veces no se trata de una tristeza profunda, sino de una mente saturada,
un corazón sobrecargado y un cuerpo que lleva demasiado tiempo en alerta.
Cuando las preocupaciones se acumulan, el cuerpo entra en un estado constante de tensión.
Todo se acelera por dentro: el pensamiento no descansa, el sueño se altera,
la respiración se vuelve corta y las emociones se desordenan.
No es debilidad espiritual; es una señal de que has estado resistiendo más de lo que deberías.
El problema no es solo lo que enfrentas, sino que poco a poco has dejado de mirar a Dios
en medio de lo que enfrentas.
Te has distraído sobreviviendo, resolviendo, aguantando…
y sin darte cuenta, el estrés empezó a ocupar un lugar que no le corresponde.
Historia
Conocí a una persona que decía sentirse vacía y sin fuerzas.
Pensaba que había perdido la fe.
Sin embargo, al escuchar su historia, era evidente que llevaba meses sin detenerse:
responsabilidades familiares, presiones económicas, decisiones importantes
y un miedo constante a fallar.
No lloraba porque estuviera triste,
lloraba porque su interior estaba desbordado.
Vivía como si todo dependiera de ella.
Cuando finalmente se permitió parar, orar y soltar el control,
entendió algo clave:
no había perdido a Dios,
simplemente se había perdido a sí misma en medio del ruido.
Versículos a meditar
“Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados,
y yo les daré descanso.” (Mateo 11:28, NVI)
“Depositen en él toda ansiedad,
porque él cuida de ustedes.” (1 Pedro 5:7, NVI)
REFLEXIÓN
Cuando una persona vive bajo presión constante,
el cuerpo y la mente actúan como si estuvieran en peligro permanente.
Todo se prepara para resistir, huir o defenderse.
Ese estado sostenido agota las fuerzas,
nubla el pensamiento y apaga la capacidad de disfrutar.
No es que falte fe,
es que llevas demasiado tiempo en modo supervivencia.
Jesús conoce profundamente esa experiencia.
En Getsemaní, la carga fue tan intensa
que su cuerpo reaccionó de forma extrema:
su sudor se convirtió en sangre.
No fue un símbolo poético,
fue la manifestación física de una presión insoportable.
Cristo no fue indiferente al estrés;
lo atravesó.
Pero hay algo decisivo:
Jesús no enfrentó ese momento aislándose del Padre.
Oró.
Se rindió.
Expresó su angustia.
Y aunque el camino no cambió,
su interior fue fortalecido para caminarlo.
Dios no eliminó la cruz,
pero sí sostuvo al Hijo para cargarla.
Dios sabe exactamente qué te estresa,
qué te acelera el corazón,
qué te quita la paz por las noches.
Él no te observa desde lejos.
Está contigo en medio de la presión.
El estrés no debe gobernar tu vida;
Cristo ya cargó con lo que hoy te abruma.
Aplicación diaria
- Detente hoy y reconoce qué situaciones te tienen en constante tensión.
- Permítete bajar el ritmo y soltar la idea de que todo depende de ti.
- Habla con Dios con honestidad, sin frases bonitas, como Jesús en Getsemaní.
- Cuida tu cuerpo y tu descanso como un acto de obediencia, no de egoísmo.
- Decide no permitir que el estrés gobierne tu mente ni dirija tus decisiones.
Ps. Eudomar Rivera